lunes, 20 de septiembre de 2010

Interesantes notas de D. Angelo Amato en la homilia de Madre de la Purisima


Una vez proclamada beata Madre María de la Purísima el pasado sábado en la ciudad de Sevilla, vamos a destacar desde nuestra plazuela algunas connotaciones de la homilia de D. Angelo Amato, realmente interesantes, llenas de saber cuales son las virtudes de la beata y las necesidades de la Iglesia de hoy.


Sevilla ha sido siempre una ciudad fecunda en santos y héroes: Leandro, Isidoro, Fernando. De esta ciudad partieron para difundir el Evangelio a tierras desconocidas, hileras de intrépidos misioneros de Jesucristo. Además, en todo el mundo, Sevilla es conocida por su monumental catedral, por la Giralda, por las procesiones, llenas de fe y devoción, de la Semana Santa.

Con Santa Ángela de la Cruz y con la Beata Madre Purísima de la Cruz, nosotros, sin embargo, nos dirigimos a la Calle Alcázares (hoy Calle Santa Ángela de la Cruz), para oír las bienaventuranzas de Jesús y admirar a dos piadosas mujeres, que acompañan al Crucificado en el Calvario. Estas dos mujeres han llevado realmente la Cruz de Cristo por las calles de Sevilla, cada día y durante todos los días de su vida, como una vocación de santidad y de apostolado, en favor de los más pobres y necesitados, escondidos en las dolorosas entrañas de esta bella ciudad. Las dos Hermanas de la Cruz, bajo su amplio velo negro, distribuían discretamente alimentos y bienes a las familias necesitadas. De este modo ellas han ayudado a Sevilla con la melodía de sus buenas obras, atrayendo sobre todas las familias de la ciudad las bendiciones del cielo. Se trata de dos mujeres santas, pero también de dos grandes bienhechoras de la ciudad. De Sevilla. La “ciudad de la gracia” se convierte con ellas en “la ciudad de la gracia divina


Fue esta capacidad suya de mantener intacto el espíritu del Instituto la que hizo florecer a su congregación de manera verdaderamente extraordinaria. Un testigo afirma: “No podemos olvidar que cuando la mayor parte de los Institutos hoy sufre por falta de vocaciones, hasta el punto de que muchos de nuestros conventos y monasterios parecen residencias de ancianos, el Instituto de las Hermanas de la Cruz continúa teniendo vocaciones en un número verdaderamente considerable”.

Madre Purísima vivía con convicción su vocación, según el espíritu de Santa Ángela de la Cruz: total olvido de sí misma para entregarse a Dios y a los pobres y un ferviente deseo de seguir a Cristo Crucificado. El esplendor de su vida ejemplar empuja a muchas jóvenes a consagrarse al Señor entre las Hermanas de la Cruz.

Como Superiora General visitaba cada tres años sus casas, escuchando con atención e interés a todas sus Hermanas, animándolas a ser fieles al espíritu de la Fundadora. De esta forma infundió en ellas una sólida formación doctrinal y espiritual, en tiempos en los que parecía debilitarse la fidelidad a la Iglesia. A propósito de esto, una hermana suya testifica: “Fue un periodo en el que en la vida religiosa se respiraba una gran corriente de cambio y en el que casi todas las congregaciones cambiaron no sólo el hábito, sino incluso el carisma de la congregación. Ella, sin embargo, se mantuvo en afirmar que a nosotras nada nos impedía continuar vistiendo como en tiempos de nuestra Santa Fundadora y en confirmar nuestra fisionomía, afianzando con fuerza nuestro carisma para no alejarnos del que nuestra Santa Madre quería que fuese nuestro Instituto. Esto lo defendió, luchó por esto y lo consiguió, a pesar de las sonrisas irónicas de otros institutos religiosos y de sacerdotes que nos ridiculizaban”.

Una hermana cuenta las humillaciones que debieron sufrir cuando asistían a clases de teología: “Llegábamos a clase con nuestra carpeta azul de cartón, con nuestros zapatos desgastados, con nuestro gran paraguas con algún roto. Mientras buscábamos un asiento, sentíamos las miradas de desaprobación de algunas religiosas que susurraban: “Ya han llegado las del Viejo Testamento”. Yo me sentía mal y la miraba a ella que, sin embargo, permanecía sonriente y serena ante estos comentarios”.

4. Esta fidelidad ha consentido al Instituto florecer, no obstante la pobreza y la austeridad de su regla llevada a cabo con ayunos, durmiendo sobre tarimas de madera, soportando desdichas y privaciones. La Madre ha vivido por completo la bienaventuranza evangélica de la pobreza: ser pobres para ayudar a los pobres. Tenía bien asimilado el lema de Santa Ángela de la Cruz: “los pobres son nuestros señores”.

fuente SIC servicio de información catolica


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