viernes, 26 de marzo de 2010

Séptima palabra


Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu

Del evangelio según Lucas:

“Hacia el mediodía las tinieblas cubrieron toda la tierra hasta las tres de la tarde. El sol se eclipsó y la cortina del templo se rasgó por medio. Y Jesús, con fuerte voz, dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”


Cuando todo está cumplido, cuando el sacrificio de amor está consumado, cuando no queda nada más que ofrecer ni sufrir, llega la última palabra de Jesús. Grito de confianza, que surge del corazón de un pobre que perseguido, despreciado, sin posibilidad de salvación humana se refugia en Dios.

Es en esta entrega donde encuentra la plenitud de la paz y se reencuentra como hijo, la pasión no termina con un “por qué” dirigido a un Dios que se siente lejano, ausente, sino con un acto de abandono filial, Jesús expira poniéndose en las manos del Padre, por eso su agonía es como una noche que desemboca en el alba de la Resurrección.

Desde la cátedra de la Cruz, Jesús expresa en su grito el terror de un hijo que sabe que tiene que hacer todavía un viaje en la oscuridad para poder volver a su casa, y con el caer de la tarde, un profundo silencio envuelve también el monte de las cruces y penetra en los corazones. Si vivimos realmente el misterio de la Cruz, se puede finalmente desgarrar nuestro viejo mundo, nuestro hombre viejo y resquebrajarse la roca de nuestro corazón, para dejar que salga de ella una fuente de agua viva.

¡Realmente este hombre es el Hijo de Dios!




Señor Jesús, nuestro Salvador,
Con María, tu Madre, con Juan , el discípulo fiel,
Con las piadosas mujeres,
Queremos seguir a tu lado en la desnuda montaña,
En la última hora
Mientras cae silenciosa la tarde
Envolviendo en tinieblas toda la tierra,
Queremos recoger en nuestro corazón:
Tu último suspiro,
La última luz de tus grandes ojos,
Tu última lágrima.
Tu última Pena

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